No hay batalla cultural: hay una guerra de posiciones




De Gustavo Petro a De la Espriella: la disputa por el Estado, la ideología de las políticas públicas y los límites constitucionales del poder.

Por Agustín Leal Jerez

La llamada batalla cultural anunciada por Abelardo de la Espriella no es, en esencia, una batalla cultural. Es la expresión de una disputa política más profunda: la lucha por orientar el Estado, definir el sentido de las políticas públicas e imponer una determinada concepción de la sociedad. Lo que está en juego no es simplemente el enfrentamiento entre ideas conservadoras y progresistas, sino el uso del poder institucional para consolidar un proyecto ideológico. En términos de Antonio Gramsci, estamos ante una guerra de posiciones.

Gramsci comprendió que el poder político no se sostiene exclusivamente mediante el control del Estado, las leyes o la fuerza. En las sociedades modernas también depende de la capacidad de influir sobre las ideas, los valores y las concepciones del mundo que una sociedad considera legítimos. A esa capacidad de dirección intelectual y moral la denominó hegemonía.

De esta comprensión surgió su concepto de guerra de posiciones: una lucha prolongada por conquistar espacios de influencia en la sociedad civil, las instituciones educativas, los medios de comunicación, las organizaciones sociales y la cultura. A diferencia de una confrontación directa por el poder, la guerra de posiciones busca modificar progresivamente las relaciones de fuerza y construir las condiciones sociales e intelectuales que permiten a un proyecto político consolidarse. No se trata simplemente de convencer a los ciudadanos, sino de conseguir que una determinada interpretación de la realidad termine convirtiéndose en sentido común y oriente las decisiones colectivas.

Desde que la lucha armada dejó de ser, en distintos contextos, el medio más eficaz para acceder al poder, sectores de la izquierda mundial recurrieron a las tesis gramscianas para construir hegemonías culturales y alcanzar objetivos políticos. En ese proceso, algunas corrientes incorporaron a sus agendas banderas que trascendían las reivindicaciones tradicionales de obreros, campesinos y estudiantes, como la lucha contra el cambio climático, el feminismo, el animalismo y los derechos de la comunidad LGTBI.

En Colombia, Gustavo Petro ha llevado esta disputa a un punto de especial intensidad. Primero, como dirigente político, mediante la construcción del Pacto Histórico, una coalición que concentró buena parte de la representación electoral de la izquierda y alteró el equilibrio de las fuerzas políticas, debilitando, a nuestro juicio, la autonomía de otros sectores y contribuyendo al desplazamiento del centro político. Luego, como presidente, no solo citando constantemente a este teórico en eventos oficiales de la Presidencia, sino también tratando de construir una hegemonía cultural a través de las políticas de Estado.

Una de las primeras señales de esa orientación fue el nombramiento de Patricia Ariza Flórez, reconocida figura de la izquierda colombiana, como ministra de Cultura, y el de Hollman Morris, de afinidad ideológica similar, al frente de RTVC, el sistema de medios públicos del Estado. Cabe examinar, entonces, cómo durante ese gobierno determinados nombramientos políticos privilegiaron la afinidad ideológica sobre la experiencia técnica —valga el ejemplo del ministro de Educación, Daniel Rojas Medellín— y cómo esa orientación pudo trasladarse a distintas políticas públicas.

De forma paralela, con Xavier Vendrell como una de sus figuras visibles, se organizó el colectivo Activistas por el Cambio, cuya participación en espacios de representación institucional, particularmente en la educación pública, ha suscitado interrogantes sobre la relación entre militancia política, autonomía institucional y acción gubernamental.

Finalmente, en la etapa postrera de su mandato, Petro planteó iniciativas de organización y movilización ciudadana que también merecen escrutinio. Entre ellas, la propuesta de crear una especie de Guardia Cívica, con un tufillo muy afín al de la nefasta Guardia Bolivariana de Venezuela.

Todo esto estuvo acompañado de una simbología que ha rayado en el fetichismo, como lo evidencian las puestas en escena con la espada de Bolívar y el sombrero de Pizarro.

No cabe duda, como afirmamos en varios artículos de prensa publicados, de que el expresidente Petro gobernaba con los Cuadernos de la cárcel, de Gramsci, debajo del brazo.

La batalla cultural anunciada por el presidente Abelardo de la Espriella no es más que una respuesta a la ideologización de las políticas públicas del gobierno anterior. Desafortunadamente, se le ha dado el nombre rimbombante de batalla cultural a lo que, en realidad, es una guerra de posiciones.

Estamos ante un juego de ajedrez en el que el enroque hacia la derecha de la mayoría del pueblo colombiano marca el rumbo de las nuevas políticas públicas.

La denuncia de Abelardo de la Espriella sobre el uso de la cultura como instrumento ideológico plantea una cuestión que merece ser discutida sin caricaturas. El Estado no es neutral en todos los sentidos: debe promover los derechos constitucionales, garantizar el acceso a la cultura y reconocer la diversidad de la sociedad. Pero esa obligación no autoriza a ningún gobierno a convertir sus preferencias partidistas en una doctrina oficial ni a utilizar los recursos públicos para descalificar a quienes discrepan.

En ese punto, la crítica a la ideologización de las políticas públicas puede ser legítima. Los ministerios, las entidades culturales, las instituciones educativas y los medios públicos deben responder a finalidades públicas verificables, no a la necesidad de imponer una identidad política. La pregunta decisiva no es si una política expresa valores —porque toda política pública incorpora decisiones sobre prioridades y bienes colectivos—, sino si esos valores son compatibles con la Constitución, si se justifican con razones públicas y si respetan el pluralismo.

Sin embargo, una cosa es cuestionar el uso partidista del Estado y otra muy distinta sería pretender sustituir una hegemonía por otra.

Saludamos esta «batalla cultural», en el entendido de que se trata de desmontar la ideologización de las políticas públicas, siempre y cuando se respete el pluralismo de la nación, amparado en múltiples sentencias de la Corte Constitucional.